La tolerancia al estigma

Ya está por casi todos superado el hecho de que el problema de los piojos no es, como se tenía asumido por las generaciones anteriores, un problema consustancial a la condición social o a los niveles poco exigentes de  higiene corporal. Por si queda algún despistado, el pediculus capitis o piojo del cabello humano  ha alimentado, a lo largo de los 5.000 años que hace que acompaña a nuestra especie, numerosos mitos, sobre la epidemia: Que si salta, que si vuela, que si vive en el campo, que  es cosa de niños, etc… El piojo es un parásito que sólo es capaz de sobrevivir en su huésped, alimentándose de su sangre, en condiciones adecuadas de humedad y temperatura. Cualquier otra consideración, por ejemplo sobre el nivel socioeconómico del huésped,  su edad, nivel de higiene personal o del entorno de este, es absolutamente prescindible.

Es decir, y para que se entienda claro: Si toda la especie humana  se pusiese de acuerdo para revisarse y desparasitarse al unísono,  se erradicaría el problema de una manera global y para siempre, por la sencilla razón de que no quedaría ningún foco de infección latente.  Estaríamos libres de esta plaga durante unos cuantos cientos de generaciones, hasta que alguna de los múltiples parásitos capilares de otras especies mutara y desarrollara la capacidad de hacernos de nuevo la puñeta. Pero seamos serios, si la especie humana hubiese desarrollado semejante capacidad de coordinación, obviamente la habríamos empleado en otros problemas más dramáticos y acuciantes como la pobreza o el hambre. Ya lo sabemos, los  problemas que realmente conciernen a cada ser humano son los suyos propios.

Y como ante todo problema no resuelto  por la falta de conciencia del colectivo, los individuos desarrollan mecanismos autojustificación para no hacer nada al respecto. Los más extendidos son dos, a saber:  1. “No es tan importante”; 2. “Lo que yo haga es inútil porque los demás no lo hacen”.  Estos dos mecanismos se suelen presentar  sincopados en una versión subconsciente evolucionada: “Si yo ya hago bastante con…” que es más difícil aún de corregir.

Volviendo al tema de los piojos, este mecanismo de la autojustificación subconsciente, aunado a la caída de los mitos estigmatizantes,  ha creado una nueva barrera a la lucha contra esta epidemia: El problema se ve ahora con más naturalidad. Se tolera. Hay familias que conviven de manera recurrente con generaciones de parásitos, y que si no fuera por la incomodidad del prurito no tendrían mayor problema que alguna que otra incómoda anécdota. En estos núcleos familiares laten los focos de infestación que esperan larvados la oportunidad de propagarse a través de los de los encuentros que propician los contactos de las cabezas como colegios, conciertos, partidos de fútbol, discotecas.

Las instituciones, y  especialmente los colegios se desgañitan pidiendo a los padres que hagan un ejercicio de coordinación, ya no a escala universal, para inspeccionar y desinfectar a sus familias en la esperanza que,  una correcta cultura de prevención basada fundamentalmente en una frecuente y correcta inspección , una limpieza expeditiva llegada el caso, y la conveniente comunicación inmediata al entorno que puede estar en riesgo de contagio, sea capaz de proporcionar la solución suficiente para que la convivencia en sociedad, ya de por sí compleja, no se vea, además, entorpecida por este tema.